Aprendizaje emocional

Hemos comentado anteriormente que las reacciones emocionales nos ayudan a adaptarnos mejor a las diferentes situaciones que se nos presentan pero que también, en algunas ocasiones y por supuesto, dependiendo de cada persona, pueden acarrear algunos problemas, bien de adaptación, bien de salud.

Según vamos creciendo y madurando, incorporamos a nuestro repertorio una serie de reacciones que antes no existían. Por ejemplo, la reacción de asco ante un alimento en mal estado. Sin embargo, tenemos otras reacciones, que también acabamos incorporando, que no son naturales, son muy básicas, no son racionales o no se ajustan realmente al estímulo que las ha producido.

Esta reacción disfuncional, es decir, esa extraña manera de actuar, se produce la primera vez por casualidad. A la larga y, por supuesto dependiendo de cada persona, esta respuesta, en lugar de darse de manera aislada, se incorpora al aprendizaje y se acaba convirtiendo en una manera habitual de responder ante determinada situación. Esta respuesta se conoce como respuesta disfuncional y si se mantiene en el tiempo, puede desembocar en un desorden emocional.

Lo más interesante es que este aprendizaje emocional aversivo, que es como se conoce, es totalmente reversible aunque para ello es necesario tener la información adecuada y desarrollar una serie de habilidades de manejo emocional que acabarán dándole toda la vuelta al proceso.

Las personas tenemos la capacidad universal de desarrollar distintos tipos de aprendizaje emocional. Por un lado, aprendizaje o condicionamiento asociativo a estímulos relevantes o incondicionados, como por ejemplo alimentos que nos hacen daño, situaciones traumáticas, etc., que ponen en movimiento reacciones emocionales de asco, de miedo u otras emociones básicas. Por este procedimiento, estímulos que anteriormente no provocaban reacción emocional (estímulos neutros), llegan a adquirir la propiedad de disparar dicha reacción.

Existe otro tipo de aprendizaje, el cognitivo. En este otro caso, nuestra reacción emocional se produce ante una situación en la que hemos introducido un sesgo, es decir, hemos interpretado de manera incorrecta. Un ejemplo que ya hemos puesto anteriormente es este caso que describimos paso a paso:

Partimos de una situación poco emocional, como es un encuentro con otras personas, pero ante el que sin embargo reaccionamos sudando. Valoramos esta reacción como una amenaza pensando que los demás nos van a juzgar negativamente. Le damos cada vez mayor importancia, le prestamos cada vez más atención y magnificamos nuestra reacción, lo que desemboca en ansiedad. Cuando esta se mantiene en el tiempo puede llegar a producirse una fobia social asociada incluso a ataques de pánico.

El estrés es un proceso que hace que nos activemos para enfrentarnos a determinadas situaciones que nos exigen utilizar más recursos de los habituales. Esto significa que nos cansaremos más pero que, una vez desaparezca el estímulo ante el cual reaccionamos en su momento, podremos descansar y recuperarnos.

Cuando la situación de estrés se prolonga en el tiempo, comenzamos a estar más tensos, nerviosos e irritables y si se mantiene, tendemos a aumentar los sesgos cognitivos, es decir, nuestra manera de interpretar las situaciones y como consecuencia aparece la ansiedad, el agotamiento físico y mental y los primeros síntomas de lo que podría derivar en una depresión. En estos casos es más fácil desarrollar problemas de aprendizaje cognitivo-emocional, observándose con frecuencia algunos problemas como los que describiremos a continuación:

  • Miedo irracional o temor a algunas reacciones emocionales, debido a una valoración cognitiva (interpretación) de amenaza, por la creencia errónea de que su salud puede correr peligro, cuando sólo está sufriendo la activación fisiológica propia de la ansiedad.
  • Temor a su ansiedad en las situaciones sociales por temor a que los demás se darán cuenta de la torpeza de sus actos. Por ejemplo, miedo a comportarse de una manera inadecuada, que conduce a la inhibición social, porque se piensa que los demás están pendientes de su conducta, le van a evaluar y le van a rechazar.
  • Evitación de situaciones emocionales, aunque la persona no pueda permitirse evitarlas. Por ejemplo, evitar hablar en público por culpa de la ansiedad, aunque sea una exigencia de su trabajo, o evitar viajar en avión, cuando sería lo más conveniente, etc.
  • Elevada activación fisiológica que provoca rubor, sudor, temblor muscular de extremidades o temblor de voz, porque temen que los demás observen esta respuesta en ellos, les evalúen muy negativamente por no poder controlarla y les rechacen o incluso tenga consecuencias peores (por ejemplo, que les despidan del trabajo).
  • Problemas de concentración, cansancio físico, contracturas musculares, falta de motivación por el trabajo o cualquier otra actividad desempeñada, debido a que dedican la mayor parte del día a prestarle atención a su ansiedad, a sus miedos, y a preocuparse por lo que podría llegar a ocurrir si no se controlan, lo que a la larga aumenta los niveles de ansiedad.
  • Problema de insomnio primario asociado a un nuevo hábito, que consiste en repasar los problemas del día a la hora de dormir y anticipar otros problemas, lo que les activa y les impide conciliar el sueño.

Existen varias formas para tratar de superar estas situaciones. Estas son algunas de ellas:

  • Tratar de manejar aquellos pensamientos que disparan nuestra ansiedad. Es muy útil, no magnificar ciertos pensamientos y también no pensar en ellos continuamente.
  • Disminuir la activación fisiológica, es decir, la reacción física de nuestro cuerpo, practicando diariamente la relajación muscular progresiva, las técnicas de respiración, el manejo de la atención o la imaginación pensando en situaciones relajantes. Cuando estamos más activados tendemos a poner más atención en la amenaza mientras que cuando estamos más relajados somos capaces de atender otros estímulos más positivos.
  • Enfrentarse a la situación que produce la ansiedad y que por tanto se trata de evitar. Una vez hemos comprendido la relación entre cognición, es decir, nuestra interpretación, y la emoción, se puede llegar a reducir esa manera sesgada de ver la realidad. Poco a poco, el ir exponiéndose a la situación incorporándola a nuestra vida cotidiana, hará que aprendamos que nuestros pensamientos eran inadecuados y por tanto a manejar mejor nuestra ansiedad.

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